9 jun. 2013

La sustancia Divina

Y sobre la cama su cuerpo enclenque se desvanecía,
llegué a confundirme más de una vez con su masa
entrelazada a las sábanas, succionada por el hedor de la cama.
Medio ciego por la luz, palpé sus brazos,
estaban fríos, duros, como los quesos del invierno.
-No mueras, nenita- le dije llorando
mi pedacito de cielo, mi trocito de luna.
Era evidente mi desazón araña, tejí hilos rojos en sus labios,
y con las lágrimas petrificadas de sus ojos
endulcé más mi café.
El corte a sus pechos fue perfecto,
su olor dulce permanecía oculto en los recónditos poros
del amor.

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